The Return of The Selfish


Hace un rato mientras buscaba algo en el blog, llegué justo a abril del año pasado. Recordé que ya hace un año de muchas cosas, la mayoría de ellas malas, pero debo decir que otras pocas son muy buenas... ese es un consuelo porque aunque son una mínima parte, también es cierto que son de verdad notables.  También pude ver que todo ha cambiado mucho en un año. Ahora es al revés, ¿huh? Si hace un año un día bueno tenía que pagarse con una racha indefinida de malestar nefasto, ahora los días malos en realidad no afectan tanto porque las cosas buenas los sobrepasan por mucho.

Aún me queda un post pendiente de publicación con respecto a tooooda la situación del 2010, pero no he logrado terminarlo. Creo que necesito tiempo para expresar con claridad mi intención. Digamos que es como fumar la pipa de la paz con quien ya no está. Tal vez eso pase después de Cuautla o tal vez para entonces ya no tenga caso siquiera.

En fin, el caso es que la Selfish ahora está en el mismo lugar, pero no en el mismo sitio. 

Hace años alguien me cuestionó de tal forma que terminé reformulando lo que habría de ser mi vida profesional. Sin duda todos estos años le he agradecido desde lejos el haberme hecho ver que mi camino estaba en las letras. Sus argumentos fueron más que fuertes y admito que él fue la primera persona que me obligó a pensar con profundidad en cuanto a mis decisiones, en cuanto a quien soy y en cuanto a por qué hago las cosas. No fue labor de convencimiento, sino algo como la activación del pensamiento verdaderamente crítico en mí.

Ahhh, pero lo interesante en este momento es que últimamente he estado pensando mucho en otra idea que esa misma persona me dejó; algo que siempre me había hecho ruido, pero que nunca había logrado experimentar de forma evidente. Entre las regañizas y su desesperación de cada semana, él siempre se daba un tiempo para platicar como buen amigo. Además, cada 15 días tenía en mis manos un ejemplar de su periódico, y pude conocerlo como biólogo, sindicalista, activista social, cuentista y poeta. Así pude ver que Héctor era un dictador implacable, un académico en estado puro; sin embargo, Martín tenía una sensibilidad enorme, una gran preocupación por lo emocional, por todo eso que nos mueve a vivir. Entonces, podría decirse que Héctor me movió el piso en vocación y Martín en lo personal... pero hay un punto de intersección entre ambas personalidades.
Ambos, Héctor y Martin, solían utilizar una frase (que no les voy a contar) al hablar de bioquímica y de las relaciones personales. Yo podía entender esa frase cuando Héctor hablaba de fotosíntesis, de mitosis o del choque de protones, electrones y neutrones (jaja, bueno... más o menos :P), pero cuando hablaba de cuestiones personales, no, definitivamente no entendía. Martín se apasionaba mucho cuando hacía referencia a esa frase y a mí me encantaba el hecho de que no sólo era un decir, sino algo que sí aplicaba (todos podíamos verlo), pero, bueno, tal vez fuera por la diferencia de edades, tal vez porque a uno todavía le hacía falta volverse más loco, o yo qué sé, pero siempre quise saber qué era exactamente lo que podía suceder, lo que podía llevar a alguien a expresarse de la forma en que él lo hacía.

Alguna vez Martín mencionó que muchas personas nunca lograrían experimentar esa sensación, lo cual era una pena, pero la razón era algo como tibieza de espíritu. También decía que no hacía falta hacer muchas teorías al respecto, con lo cual estoy totalmente de acuerdo, porque las cosas sucederían cuando tuvieran que suceder y sólo nos daríamos cuenta cuando estuviéramos en el centro del huracán.

Claro, algunos de nosotros somos expertos en toparnos con oasis... pero entonces, si sabemos que entre más te aproximas al oasis éste comienza a desaparecer, ¿qué pasa cuando lo que aparenta ser otro oasis no desaparece? ¿Se convierte en cosa real? O en otros términos, con el ejemplo de Martín, si te arrojas hacia el huracán y éste te regresa a la superficie, ¿ya te salvaste o ya te perdiste?; pero entonces, si logras instalarte en el centro... ¿es lo mismo?, ¿la apacibilidad y el aislamiento del desastre son verdad o mera percepción subjetiva?

Yo no sé qué responder, en serio que no. Lo que sí sé es que ahora podría decirle a Martín que he comenzado a entender lo que es la inevitabilidad y que con una simple sonrisa, de frente, Héctor y yo podríamos entender, como buenos cómplices, por qué su mirada se iluminaba al hablar del hidrógeno y el oxígeno.

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