Mr Tilapia y Miss Euglena

Extraño aquellas fiestas. No es que fueran particularmente buenas o divertidas... Yo solía aburrirme la mayoría de veces. En ocasiones deseaba poder esconderme en un rincón, pero siempre terminaba tumbada en un sillón escuchando a Placebo con un completo desinterés por la plática en turno. Nunca logré hacer amistad con las chicas; una boba muy moralista que cada vez desaparecía con un tipo distinto y una snob que a la media hora de haber llegado no podia mantenerse en pie. Los chicos eran lindos, intentaban hacer que no me sintiera fuera de lugar y aunque no lo lograban, al menos me hacían reír.

Todas las fiestas eran más o menos iguales; mucho alcohol circulando, una enorme nube de humo de cigarro sobre nosotros, juegos absurdos, silencios incómodos. La gente también era casi siempre la misma: tres mujeres y cinco hombres. Algunas veces había cuatro o cinco invitados más, pero invitadas no. El camino de ida era caótico porque teníamos que recoger a todos en varios puntos de la ciudad, lidiar con la impuntualidad y con el tráfico. Invariablemente él se enojaba, exigía que nadie fumara dentro del coche y que dejaran de darle direcciones equívocas porque sabía perfectamente hacia dónde iba. El camino de regreso no era mejor. Teníamos que recorrer nuevamente la ciudad, controlar a los ebrios y, en ocasiones, hasta ayudarles a entrar a casa... Sólo después del ritual de salvaguarda comenzaba la noche.

No puedes apreciar la tranquilidad sino cuando has experimentado el desorden. Y así era. Cuando ya no había nadie más nos lanzábamos por calles y avenidas, nos perdíamos a propósito en la ciudad, era como si no hubiera necesidad de llegar a ningún lado. ¿Qué importaba si eran las tres o las cinco de la mañana? ¿A quién le importaba si no queríamos volver? Los intevalos de luz y oscuridad entre semáforos, desniveles, luminarias y calles vacías parecían ir al compás de la música que habíamos elegido sólo para esas horas. La velocidad no me asustaba porque, si él sonreía, yo sabía que todo estaba bien. Ni siquiera necesitábamos hablar todo el tiempo. Hasta los silencios tenían un misterioso encanto. Reíamos hasta el cansancio y tratábamos de adivinar el futuro. De lo único que teníamos certeza era de que algún día todo terminaría, pero eso no tenía importancia mientras pudiéramos pasar las tardes sentados en el pasto y los fines de semana viajando a ningún lado en "la nave de los locos".

En las fiestas todos hacían burla de mi mochila atestada de libros, pero él no... Él estaba preocupado. Aunque hacía bromas al respecto, pensaba que no compartíamos el mismo mundo, que tarde o temprano yo me marcharía. Hasta ahora no he podido averiguar si hice lo correcto, sólo sé que que hoy extraño esos días de cálida tranquilidad y las noches de aventuras impredecibles.

Aquí les dejo la última canción de fondo de esa historia


Fernando Delgadillo, "No me pidas ser tu amigo"

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